Hay palabras que aparecen de repente en el debate público. Nadie sabe muy bien quién las acuñó, pero en pocos meses empiezan a repetirse hasta parecer una verdad. Eso está ocurriendo con “pedagogismo”.
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Cada vez que leo ese término suelo tener la misma sensación: no se está intentando debatir sobre educación, se está intentando desacreditarla.
Porque “pedagogismo” no es una corriente científica, ni es un modelo educativo, ni un concepto reconocido por la investigación. Es una etiqueta, utilizada casi siempre de forma despectiva, para desacreditar cualquier propuesta que hable de inclusión, desarrollo evolutivo, bienestar emocional, aprendizaje competencial, metodologías activas o resolución positiva de conflictos.
Y ahí es donde conviene detenerse, a mi juicio. La educación es una de las disciplinas más complejas que existen. Educar implica comprender cómo aprende el cerebro, cómo se desarrolla la infancia, cómo influyen las emociones, la motivación, el contexto social, la familia, la cultura, las diferencias individuales o la salud mental. Pensar que todo eso puede resumirse en “antes funcionaba mejor” es tan simplista como peligroso.
Nadie llamaría “medicinismo” a la medicina basada en la evidencia. Nadie hablaría de “ingenierismo” para ridiculizar la ingeniería. Sin embargo, cuando hablamos de educación parece aceptable inventar una palabra para desprestigiar décadas de investigación, y eso me preocupa.
La educación también es ciencia
Existe una idea muy extendida según la cual cualquiera puede opinar sobre educación con el mismo peso que quienes llevan décadas investigándola.
Todos hemos sido alumnos, sí, pero haber sido paciente no convierte a nadie en médico, o haber cogido un avión no convierte a nadie en piloto. De la misma manera, haber ido al colegio no convierte automáticamente a nadie en experto en aprendizaje.
La Pedagogía, la Psicología de la Educación y la Psicopedagogía son disciplinas científicas que investigan cómo aprendemos, cómo enseñamos, cómo se desarrolla el pensamiento, qué favorece la motivación, qué intervenciones funcionan y cuáles no.
Eso no significa que todas las decisiones educativas sean perfectas. Por supuesto que existen modas, existen errores, existen metodologías mal aplicadas, existen decisiones políticas discutibles y existen profesionales excelentes y otros no tanto, como ocurre absolutamente en cualquier profesión.
Pero una mala aplicación de una disciplina nunca invalida la disciplina. Cuando un médico comete un error no concluimos que la medicina es un fraude. Cuando un arquitecto diseña mal un edificio no hablamos de “arquitecturismo”. Con la educación, en cambio, algunos pretenden desacreditar toda una ciencia utilizando una palabra inventada.
El nuevo terraplanismo educativo
El “pedagogismo” se ha convertido, en muchos casos, en el equivalente educativo del terraplanismo. Creo que el mecanismo es exactamente el mismo:
1. Se desacredita el conocimiento experto.
2. Se presenta la evidencia científica como si fuera ideología.
3. Se sustituyen los datos por la nostalgia.
4. Y se ofrecen explicaciones extremadamente simples para problemas enormemente complejos.
“Todo va mal por culpa del pedagogismo.”
Es una frase sencilla porque evita analizar la realidad. La educación actual afronta retos enormes: hiperestimulación digital, problemas de salud mental, desigualdad social, cambios familiares, inteligencia artificial, dificultades de atención, polarización, sobreprotección, precariedad docente y un contexto social completamente distinto al de hace treinta años. Reducir todo eso a una palabra es intelectualmente atractivo, pero científicamente insostenible.
Criticar sí. Simplificar no.
Criticar las políticas educativas es necesario y cuestionar metodologías también. Debatir sobre evaluación, memoria, comprensión lectora o exigencia académica es saludable. La ciencia precisamente avanza porque cuestiona continuamente sus propias conclusiones. Lo que no ayuda es convertir una etiqueta en argumento. Cuando alguien dice “eso es pedagogismo”, normalmente ha dejado de explicar por qué está en desacuerdo, ha sustituido el razonamiento por el eslogan. Los eslóganes generan clics pero la ciencia genera conocimiento.
Defender la educación basada en la evidencia
Como psicólogo, logopeda y profesional que lleva más de dos décadas trabajando en educación, no me interesa defender ideologías educativas, me interesa defender aquello que demuestra mejorar el aprendizaje y el desarrollo de las personas. Eso implica aceptar que algunas prácticas tradicionales siguen teniendo mucho valor y también que otras deben cambiar porque la evidencia muestra alternativas mejores. La educación necesita menos trincheras y más investigación, menos etiquetas y más datos, menos nostalgia y más comprensión del presente a mi juicio.
Enseñar nunca ha sido fácil, pero entender cómo aprendemos hoy exige mucho más que una palabra de moda.
La próxima vez que leas “pedagogismo”, pregúntate si quien la utiliza está ofreciendo argumentos, evidencia y propuestas… o simplemente una etiqueta para evitar el debate.
Cuando desaparecen los argumentos, suelen aparecer los eslóganes y ahí, casi nunca, está la ciencia.